domingo, 5 de septiembre de 2010

En ninguna parte


d- Derivar, optar. A plena luz parecen tan disímiles.
Refutar con fervor, maniatar el pensamiento, y al fin, buenas tardes nostalgia.
Quien escribe opta siempre por las mayores tonterías, o los secretos muy poco privados. Este Delironauta transita a pie -ya extrañando al Oni- y se encuentra con fotos o papeles tirados en cada esquina, el nombre de las calles no importa, el precio de las ciudades tampoco.
Viajes a ninguna parte se enorgullecen en invitarlos a ustedes a sí mismos. Los viajes más austeros, -niéguelo lector y cuénteme como- suelen dar frutos que ningún número produce; entonces engullirse y salirse nos permite -parados en cualquier cruce- un viaje tan fascinante como el del traslado del cuerpo.
Al tranco y con el silencio de otras gentes los resultados previstos suelen estrellarse, claro que eso sucede mientras nosotros tan panchos esperando el cambio de semáforo, y entonces es cuando: ¡atentos! que algo programado y organizado ha empezado a incubarse.


a-Ausentes de una esperanza, esa de esperar ansias ni azas, esa de iluminar en la espera plantados en una esquina, libera los puntos de coincidencia, llevando a quienes se llevan a un camino conocido por todos y ansiado -sí!, claro-, piruetas en el vacío, porque es así compartir ante un desierto o miles de personas- Subimos
En definitiva uno transcurre en la la calle y en la espera, casi lo mismo que el desahogo.
De la misma manera que ciertos párrafos.

e- Empezó un día, no había nada para decir, se quitó el sombrero y se recostó. Nada había cambiado, el silencio, su silencio, hablaba. Ahora que todos se habían marchado, encontró aquello que buscaba, aquel que esperaba desde que el regreso se transformó en una insistencia.

El perro (en la foto no aparece su famoso sombrero), fue el mismo que se llevó los dulces o que acompañó al Oniriciclo por las calles de sal; conoció en su camino una mujer - que andaba descalza- cosa que pasa al amar caminar, le ladró para luego seguirla, terminó en su casa.

Se sintió extraño el perro que en la foto descansa.

Decimos raro porque pronto en la casa de esa mujer feliz, fue invitado a comer y mientras tanto la bellìsima sin imagen dibujó un canto: era Brel. Llena la panza, movió el cuerpo hacia el verde en cual echarse, el jardìn era extenso y antes de olerlo la escuchò otra vez, su canto venìa desde el fondo, de a poco el perro se fue acercando, ella colgaba sus ropas y las de nadie más:

-Hola pichichu- le dijo acariciàndole la cabeza y jugando con su hocico. Pasaron 4 dìas, ambos se acompañaron y se vivieron como el perro negro no había visto jamàs en humanos. La mujer le cocinò, abrazò y paseò. Lo escuchò aullar cada noche por tristezas pasadas, lo aceptó con sus olores y lo quiso con sus dolores. Lo amó sin preguntarse tal cosa, colgó de la percha cualquier etiqueta, le curó la sarna del alma y le recortó las uñas, en señal de cuidado. Cada mañana le abrió las puertas, y al verlo irse le gritó: coraje!

El tercer día durmió en su regazo mientras ella veìa una película -Candilejas-, la escuchó reír y llorar y entonces le lamió la mano. Terminó el filme, durmieron juntos y así el perro negro entendió a los humanos: fue feliz. Al cuarto día la mujer se fue, pero él la espera. Ella también lo extraña.

A Orwell, que renace cada dìa enfrentando al obstinado que le niega su alegrìa

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